Ayer tuve ocasión de ver un espléndido y conmovedor reportaje realizado por el “Informe Robbinson” para Canal+, en el que nos relatan el rescate de Iñaki Ochoa en el Annapurna, intercalando entrevistas de sus más allegados y de él mismo, así como de los mejores alpinistas y expertos en el Himalaya del mundo. Todo adornado con música de Hans Zimmer que contribuye a ponernos los pelos de punta.
El reportaje, de factura impecable, volvió a reabrir en mí un debate del que me gustaría haceros partícipes con estos comentarios:
Iñaki, en contraposición con la tendencia actual de abandonar cualquier pasión por una vida gris, en la que el trabajo pasa a ser el fin último y la actividad extralaboral gira entorno a los centros comerciales, fue un estudiante que lo abandonó todo para dedicarse en exclusiva a su pasión, la montaña (en concreto el Himalaya).
Mi posición al respecto es que hay que buscar un equilibrio entre ambas opciones, para no descuidar ningún aspecto de la vida (familia y amigos, entre otros) y sólo mediante esta vía, se puede llegar a colmar el vaso, si es que esto es posible.
Sergio, un amigo con una filosofía diferente acerca de la vida y posiblemente con una visión más global que yo, hablando días atrás criticaba esa percepción de propiedad referida a la familia y ese excesivo proteccionismo, que le parecía hasta cierto punto poco solidario con la realidad que vive el mundo. Es decir, también abogaba por un equilibrio, pero en un sentido diferente, abarcando un círculo más amplio que el propio de la familia y amistades.
En este sentido, creo que Iñaki Ochoa podría encuadrase dentro de esta segunda línea de pensamiento. Posiblemente a su familia y amigos les hubiera gustado pasar más tiempo con él, pero en cambio 14 personas estuvieron dispuestas a arriesgar su vida por él sin pensárselo y deja atrás no sólo grandes amigos en la montaña, si no vidas salvadas gracias a su experiencia y determinación.
Iñaki, dejas un gran legado. Descansa en paz